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Una colaboración de Pauline
 

La siguiente serie de artículos está destinada a ahondar sobre las concepciones que se han tenido a través de los años sobre la figura de la muerte, es así como vamos a incluir algunas de las descripciones más conocidas, junto con algunas encarnaciones menores de la “Muerte”; pues como es conocido, el ángel de la muerte puede ser todo un experto en cambiar formas.

Una de las primeras representaciones conocidas de la Muerte personificada fue encontrada en Catal Hüyük, un asentamiento neolítico en Anatolia, que data del 7mo milenio antes de Cristo; la muerte toma forma representada por gigantescos pájaros negros de aspecto amenazante con cadáveres sin cabeza. Muchas pinturas rupestres de la Edad de Piedra representan la muerte como un ser alado, alto y muy delgado, de piel pálida.

En estas primeras interpretaciones, a la muerte no se le dio un nombre, sólo una imagen, que era la representación de una fuerza mayor o “divinidad”. Algo mucho más grande que la vida que nunca podría ser apaciguado, sin importar la cantidad de sacrificios que se le diera. La asignación de nombres y títulos, e incluso la personalidad, llegó mucho más tarde; esto sucedió cuando la humanidad -literalmente- se separó del reino animal y se puso a pensar en el significado de la vida.

Comenzamos con Azrael, un nombre de origen hebreo. Aunque no es la primera denominación conocida, es probablemente el nombre más reconocido dado el Ángel de la Muerte en el mundo judeo-cristiano-islámico. Su significado literal es “a quien Dios ayuda”.

A partir de las enseñanzas del Islam, está escrito que “cuando Miguel, Gabriel y Israfel no proporcionaron los siete puñados de tierra para la creación de Adán, el cuarto ángel en esta misión, Azrael, tuvo éxito, y por esta hazaña, fue nombrado para separar el cuerpo del alma”. Se dice que Azrael guarda un pergamino que contiene el nombre de cada persona que nace en el mundo, cuando el día de la muerte se aproxima, Alá permite una hoja de inscripción con el nombre de la persona caída de su trono, Azrael lee el nombre y en el plazo de 40 días debe separar el alma del cuerpo.

Casi toda la literatura histórica trata a la muerte como una creación divina, a los efectos de separar el alma del cuerpo en el momento del fallecimiento. Esto está bien ejemplificado en el siguiente fragmento, proveniente de las enseñanzas musulmanes: “Cuando una persona justa muere, el ángel de la muerte viene con una serie de la divinidad que lleva los olores dulces del paraíso y hace que el alma deje el cuerpo como una gota sacada de un cubo de agua. Sin embargo, cuando una persona malvada muere, la muerte llega en compañía de los demonios, que mueven el alma como con hierro que se escupe”.

En la literatura judía, está escrito que “Azrael parece nuestro espíritu en una forma determinada por nuestras creencias, acciones y disposiciones durante la vida. Incluso puede manifestarse invisible por lo que un hombre puede morir con el olor de una rosa o con un hedor podrido”. En la tradición islámica, se dice que “Azrael, el Ángel de la Muerte, se vela ante las criaturas de Dios con un millón de velos y que su verdadera inmensidad es más vasta que el cielo, y el este y el oeste se encuentran entre sus manos como un plato en el que se han creado todas las cosas para equilibrar”. Escrito está además: “que cuando el alma ve a Azrael, se enamora, y por lo tanto se retira del cuerpo como por arte de la seducción”.

En algunos fragmentos del folklore judío, al ángel de la muerte se llama Sammael (Samael). En el Talmud se describe como actúa: en el momento de la muerte, el ángel de la muerte toma su posición por encima del lugar de la cabeza con la espada desenvainada y una gota de veneno suspendida en la punta.

A menudo, la muerte se representa como sosteniendo algún tipo de arma o instrumento para dirigir la energía (cuchillo, espada, guadaña, rayo de luz, vara de fuego, etc.); tal vez uno de los casos más pronunciados de la visitación de la muerte es la historia de Joshua ben Levi, un erudito del Talmud. Cuando llegó el momento de morir, el Ángel de la Muerte (Sammael, en este caso) se le apareció a Josué, pues éste exigió que le fuera mostrado su lugar en el paraíso; cuando el ángel accedió a esto, Josué exigió el cuchillo del ángel para que la muerte no lo usara para asustarlo en el camino. También se le concedió esta petición, con lo cual Josué saltó con el arma por encima del muro del paraíso. La muerte, que por ley talmúdica no se le permite entrar, se asió de la ropa de Josué, pero Josué juró que no iba a salir. Se declaró entonces que Josué no debía dejar el paraíso a menos que fuese absuelto de su juramento, el Ángel de la Muerte luego exigió de nuevo el cuchillo, y, tras la negativa de Josué, una voz celestial resonó: “Devuélvele el cuchillo porque los hijos de los hombres tienen necesidad de él”..

La humanidad entiende el poder simbólico de las armas. En el caso de Josué, la imagen del cuchillo simboliza el poder sobre la vida y la muerte, así como los medios para causar la muerte por orden superior.

By Sue | MAY 9, 2013

Osiris es la encarnación egipcia de la “muerte de la energía”. Aunque no necesariamente es considerada como la personificación de la muerte, se le describe como un “señor oscuro, con ojos oscuros hermosos pero terribles y una tez igualmente oscura”; también se dice que tiene una altura de 5 ½ metros. En sí Osiris es considerado el “Dios de los Muertos”.

Seker, es una versión aún más antigua de la personificación de la Muerte egipcia. Se dice que fue entronizado en una zona de absoluta negrura y se representa en forma de una momia, fue llamado “el mayor dios que era en el principio, y que permanece en la oscuridad”. Mientras Seker representa la muerte como absoluta y final, Osiris representaba a la muerte como un punto temporal de transición.

Thanatos -la personificación griega de la muerte- se describe como “la figura de un sacerdote con vestiduras sable y el hermano gemelo de Morfeo (sueño)”. Los griegos se esforzaron por excluir cualquier pensamiento de su naturaleza melancólica por verlo como un “gentil dios, que llegó en silencio sobre la muerte”; aquí, de nuevo, la muerte se personifica con un aspecto secundario, Caronte, el barquero que transporta las almas de los muertos a través del Leteo. Es a partir de esta cultura que tenemos el concepto de “pagar al barquero” para el paso al otro lado, si no había pago el alma estaba destinada a pasear junto al río eternamente; por lo tanto, se hizo común la práctica de poner monedas en los ojos de un muerto.

Caronte, en sí mismo, no era una parte de la mitología griega hasta aproximadamente el siglo V antes de Cristo. A menudo se le representa como un hombre viejo, severo y temible, que insiste en que se respeten las normas de paso. Aunque, en la mitología clásica, Caronte se suele imaginar como una figura sombría y solemne con una impresionante tarea a realizar, también ha sido retratado con humor, y hasta tierna pasión.

Es interesante notar que el nombre de Caronte también se menciona en la historia etrusca como “el dios de los muertos”. Es muy probable que la figura de Caronte fuera importada en el panteón griego de esta región contemporánea.

El folklore griego moderno ha transmutado el concepto de Caronte en una nueva personificación. La muerte ya no es el barquero, sino el conductor del “entrenador de la muerte”. En muchas partes de Grecia, se cree que, a medida que pasaba el tiempo y los hombres estaban menos conectados a sus dioses, la muerte tenía que adentrarse en el mundo de los vivos para recuperar almas; por lo tanto, la personificación de la muerte implicaba el entrenador funerario tirado por caballos negros enormes y conducido por un conductor sin rostro con ardor en los ojos, que es, en efecto, la muerte a sí misma.

Aún hoy, en la era del transporte motorizado, si uno fuera a escuchar las cabriolas de los cascos que vienen en el camino, todos los oídos están afinados con la esperanza de que el entrenador no se detenga frente a la casa de uno. Se cree que si el entrenador de la muerte se detiene para reclamar un alma, el conductor podría desmontar y golpear dos veces en la puerta de alguien que acababa de morir.

Para los antiguos romanosOrcus era el dios de la muerte y fue descrito como una “divinidad pálida, casi desprovista de carne y decorado con inmensas alas negras”. Su función era la de llevar a las almas de los muertos al inframundo, que ellos creían que era, literalmente, un lugar bajo la superficie de la tierra. Aquí, también la muerte es personificada con más de un aspecto. Februus, de origen etrusco, fue también una encarnación de la muerte en la antigua Roma; asimismo, la muerte también tenía un tercer aspecto, una personificación femenina, Libitina, la diosa de los funerales. Este trío de deidades componía la creencia romana primaria sobre la muerte.

Sin embargo, había otra personificación romana femenina más pronunciada y detallada de la Muerte. Su cara casi nunca se retrataba, ni habían templos dedicados a ella; hoy, su nombre se ha hundido en la oscuridad, en el que algunos dioses y diosas pocas veces son mencionados. Su nombre era Mors, y era adorada por los antiguos; esta deidad femenina era una personificación de la muerte reinante.

También hay otra correlación interesante para la imagen de Mors. Dentro de los panteones romanos y etruscos (a menudo mezclados), se menciona otro antropomorfismo femenino de la muerte; Tuchulcha(del etrusco) que se describe como un ave con serpientes en lugar de cabellos, que tiene mirada amenazante y que podía matar con un solo vistazo.

En el panteón tibetano, Shiva (Shiva) es el penúltimo arquetipo de la muerte, de nuevo, con un aspecto secundario llamado Mahakala, quien personifica a la muerte. Shiva se conoce como “la forma”, y Mahakala como la encarnación de la energía de la Muerte.

 

Shiva se atribuye como una “divinidad compasiva pero terrible, cuya visión hizo que Vishnu profiriera una mueca de dolor”. Se dice que Mahakala se encarga de la liberación de las almas encarceladas.Rudra es otro nombre que se encuentra en este complejo panteón. Traducido literalmente, significa “el pregonero” o “el que hace que otros lloren”.

Hay una gran variedad de “rostros” de la muerte en la cultura india, dependiendo del cada secta religiosa y sus creencias. Kali, el aspecto femenino de la muerte de inmediato viene a la mente. A pesar de que se conoce más como “la destructora” o “la devoradora”, no hay duda que ella encarna la misma energía que Mahakala. Kali, “La Madre Negra”, es retratado en lugar espantoso; está desnuda, despeinada, con los ojos desorbitados y maniática. En sus manos blande un cuchillo manchado de sangre y una sangrienta cabeza humana. Un collar de cráneos se encuentra en su pecho. Ella es a menudo representada en el arte indio como que tiene un pie en Shiva, que está tendido en el suelo como un cadáver. Kali tiene muchos nombres y rostros en la cultura india.

Yama es llamado el “Rey de la Muerte” en el budismo y en algunos panteones hindúes. También se refiere como al juez de los muertos, pues hace la evaluación de las actividades de los humanos mientras están en la tierra para determinar su destino después de la muerte. Se le describe como de “carne de color verde o negra y túnica de color rojo sangre. Lleva una la corona y una flor en el pelo y tiene muchos ojos, piernas y brazos. Cada accesorio que lleva tiene cráneos humanos”. Otro de los nombres de Yama es Vajra-Bhairava, que literalmente significa “terrible rayo”. Otro nombre que aparece es Daikoku-ten, de origen budista Oriental, y es más o menos el equivalente a Siva / Mahakala.

Emma-O se conoce como “el Rey de los Muertos” en el antiguo budismo oriental. Se dice que llegó a ser la muerte porque él fue el primer hombre en morir. Su descripción indica que tiene cara roja, barba gruesa, vestido con ropas de jueces con un berreta que lleva el sello de un rey. En su mano derecha, tiene una tableta, el emblema del poder público; en su mano izquierda sostiene un bastón con dos rostros acusadores en la parte superior, uno llamado “El ojo que ve”, y el otro, “El olfato”. Emma sigue siendo parte de los panteones populares del budismo a través de Japón y China.

El budismo chino secular tiene otro nombre para el Señor de la Muerte, Yen-Wang, cuyo trabajo es decidir cuándo es el tiempo del alma para ir a arriba; a continuación, corta el cable que conecta el cuerpo místico de alma. Es a partir de creencias orientales que recibimos el concepto del “cordón de plata”, el “umbilical” etéreo que conecta el cuerpo con el alma hasta el momento de la muerte.

En el panteón moderno japonés la “Diosa de la Muerte” se llama Yuki-Onne, que significa literalmente “la Reina de las Nieves”, que provoca escalofríos al adormecimiento y los toma (al hombre) con el fin de hacer que su transición sea lo más tranquila y sin dolor como sea posible. También sirve para cortar el cable al final de la vida.

Hel fue etiquetada la “Diosa de la Muerte” en las tierras germánicas y escandinavas. Se decía que vivía en la tierra de las sombras llamadas Niflheim. Su rostro fue retratado en mitades, una era normal, y la otra mitad del color del cielo de la noche. Se decía que Odin “le dio poder sobre los nueve mundos, para que pudiera determinar que todo el mundo debería vivir después de la muerte”. Hay un montón de personificaciones femeninas de muerte en esta parte del mundo. También se hace mención de Freya, líder de los misteriosos Valkyries, como una alegoría de la muerte prominente en la mitología nórdica. Asimismo, desde esta parte del mundo, tenemos el nombre de Kalma, una diosa de la muerte de origen finlandés, donde también encontramos el nombre Nga, “Dios de la Muerte”. En cierto antiguo folclore finlandés, Tuonela fue el “dominio de la muerte”, y está rodeado del “Río de la Muerte”. Los muertos se llevan a través de las aguas por la “Doncella de la Muerte” en el momento más oscuro de la noche.

En muchos países eslavos y bálticos, la Muerte apareció simplemente como una mujer vestida de blanco que lleva a las almas a “Vela”, un mundo envuelto en la niebla gris y frío. En el folklore de la región del Bosque Negro, está lleno de imágenes del “Grim Reaper“, que es la muerte personificada como agricultora con la guadaña en la mano.

 

Una imagen conocida de la muerte (la figura con la guadaña) se deriva de las antiguas creencias celtas; Sucellos, que fue descrito como un poderoso delantero con la guadaña en la mano. Esta entidad también fue llamado Silvano en el sur de la Galia.

En algunos panteones celtas, la muerte tiene una vez más, los aspectos indicados. Uno de los más conocidos es la triplicidad femenina “Morrigan, la reina de las sombras”, consistente en realidad de tres espíritus, se personifica como un cuervo negro grande, al que se le ve barriendo para atrapar a su presa. Otra personificación céltica menos conocida era Ankou, conocido en Bretaña e Irlanda rural por el sonido de su carro chirriante al recorrer los caminos de la noche, recogiendo sus últimas víctimas. Él sólo necesita abrir la puerta del carro para quitar la vida.

En el folklore galés, Gwyn Ab Nuud se menciona como “el dios de la caza, que reúne a las almas perdidas y les acompaña hasta la tierra de los muertos en un caballo blanco”.

Quetzalcóatl era el dios del oeste y de la magia en la antigua América Central. Se representa como una serpiente emplumada con dos caras, una de vida y de muerte, pues era a la vez creador y destructor, señor de la vida y de la muerte, y la encarnación de la energía cuya muerte personificada fue llamado Miquiztli, que literalmente significa “muerte”.

Si vamos más al norte, en México, nos encontramos con el nombre de Mictlantecuhtli, el “Dios de la Muerte” azteca, cuya función era la de guiar a las almas de los muertos con seguridad al otro mundo. El nombre de Kukulcán también se menciona brevemente como la manifestación de la muerte.

En nuestros días el arte popular mexicano personifica a la muerte como la “Santa Muerte” y se representa como un esqueleto vestido de blanco. En una mano sostiene la balanza del equilibrio, y en la otra, ya sea tierra o la guadaña.

Baron Samedi es la muerte personificada en el panteón haitiano, y se describe muy claramente como un hombre alto y negro luciendo un frac y sombrero de copa; él tiene una larga barba blanca y cuencas sin ojos en su cabeza. Cuando se invoca, aparece agitando las colas de la capa e inclina su sombrero. Se dice que es un orador muy educado, pero sus comentarios y gestos pueden ser muy lascivos.

La forma femenina haitiana de la muerte se conoce como la Señora Brigette, que tiene la misma función que el Barón Samedi, pero con un poco más de atributos parecidos a los de Kali.

Si rastreamos la tradición a su fuente en África, encontramos el nombre Oya, que se traduce como “la que provoca las lágrimas”. Es la diosa de las tormentas, los huracanes, el cambio radical y la muerte; y se presenta como un torbellino que literalmente rasga el velo entre este mundo y el siguiente. Es una fiera y firme guardiana del cementerio, sobre todo de las almas de las mujeres. Ella también ha encontrado su camino en la religión de la Santería donde llena el papel de alguien que vela por los muertos y guía a su paso.

La cultura africana está particularmente plagada de figuras arquetípicas de la Muerte. El Egungun, de África Occidental son un grupo de “espíritus de la muerte”, que sólo aparecen como entidades cubiertas de tela y bailan en diversos festivales y funciones tribales. Gaunab es otra de las muchas personificaciones de la muerte en África.

 

Los indios Chippewa tienen una leyenda singular de la Muerte. Se dice que una vez hubo un gran mago que vino a la nación Chippewa y que quería hacerlos inmortales, les aconsejó dar “saludo amistoso al primer desconocido que vendría a visitarlos”; desafortunadamente, los indios apartaron a un hombre que llevaba una cesta llena de carne podrida, tomándolo por la muerte, pero le dieron una afectuosa bienvenida a la muerte, bajo la apariencia de un joven agradable.

Cuentos como estos, son tan abundantes como las tribus de los mortales que han pisado la tierra. Otro ejemplo, de los aborígenes de Nueva Gales del Sur cuenta cómo, al principio, se le prohibió a la gente a ir cerca de un cierto árbol hueco en el que las abejas habían hecho su nido. Los hombres obedecieron, pero las mujeres querían la miel. Por último, una de las mujeres golpeó el árbol con un hacha, y la muerte voló fuera en la forma de un murciélago, que ahora reclama a todos los seres vivos con el batir de sus alas.

En la mitología iraní, la muerte estaba estrechamente asociada con el tiempo, de modo que Zurvan, la deificación del tiempo, fue considerado como el dios de la Muerte. Murdad es otro nombre que se encuentra en el panteón persa. Y, si nos fijamos en el zoroastrismo, encontramos la contraparte andrógina de Murdad, Mairya.

En la antigua Mesopotamia, los babilonios nombraron al dios de la muerte Uggae, pero más conocido fue Mot, cuyo nombre, de nuevo, significa la muerte. En este caso, como se ha visto antes, él se alinea a la cosecha.

Otro nombre que se encuentra en la mitología sumeria-babilónica es Ereshkigal (Ereshigal), la diosa sumeria “de la muerte y el inframundo”.

Los indios canadienses de la isla Queen Charlotte tienen un dios de la muerte dual, llamado Ta’xet Tia. Uno de ellos es dios de la muerte violenta, y su contraparte, la de una muerte pacífica.

En la teología cristiana, la muerte no es honrada con un nombre, pero se le conoce por descripción como un ser inteligente que se sienta en un caballo amarillo. En el cristianismo, el arcángel Miguel fue una vez considerado la encarnación original del Ángel de la Muerte en los textos anteriores.

A pesar de las enormes diferencias culturales, el rostro básico de muerte es universal. Descrito a menudo, como hemos visto, como un hombre alto, con alas, rodeado por la oscuridad, con ojos sorprendentes.

El poder de la entidad arquetípica de la muerte no radica en los muchos nombres dados a la misma. El poder de la presencia de la muerte personificada se encuentra en las energías residentes unidas a la misma, que se han convertido en “energía” en el tiempo con las vibraciones de los pensamientos, meditaciones, evocaciones, oraciones y la fe a través de los millones de impresiones dirigidas a ella.

Teniendo en cuenta la forma en que la sociedad moderna trata a la muerte -como algo “malo” o “maligno”- es interesante observar que en casi cada uno de los ejemplos anteriores, la muerte sigue siendo en todo momento, un legado de la Conciencia Divina. La muerte es, en principio, la personificación de un aspecto particular de la voluntad divina, desarrollada a partir de una expresión funcional de Dios o la Divinidad que ha evolucionado hasta convertirse en una personalidad relativamente independiente con un carácter distintivo propio.

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En el acontecer diario de tareas y rutinas , algunas necesarias otras no tanto, solemos poner el automático para terminarlas rápidamente y legamos a la inconsciencia cosas esenciales en la relación con nuestros principales maestros…los seres que nos cruzamos a cada momento, ya sea hijos, amores, padres, vecinos, compañeros de trabajos, jefes, asistentes…como es mirarles a los ojos, buscando el mensaje de la mirada.

Tan importante, que diría que no conoces a quien tienes a tu lado si no le has mirado a los ojos…porque el cuerpo físico sirve de disfraz a un alma compañera que se comunica principalmente a través de la mirada, por su relación con el tercer ojo y las glándulas del cerebro que operan al unísono con “lo que somos”.

El alma tiene un campo de emanación amplio y brillante, pero que frecuentemente se ve oscurecido o modificado por cada pensamiento o emoción discordante o no que emitimos o absorbemos…pero la mirada…la mirada guarda ese cofre sagrado de energía que emerge cuando miramos a un ser profundamente a los ojos, con la intención de conectar nuestra alma a la suya.

¿Nunca les ha pasado arrobase ante la mirada de un bebé’? ¿Nunca han sentido una corriente energética de reconocimiento y familiaridad al mirar a los ojos, al pasar, de un Ser, a veces aparentemente desconocido?

¿No han captado la tristeza, el amor, el miedo, un pedido de ayuda en la mirada de alguien?

Cuando vulgarmente se dice que los ojos son la expresión del Alma, no se está demasiado errado…basta pensar en que quien miente o se siente avergonzado ante alguien, baja la mirada, en cambio quien se siente centrado y fuerte, contento y satisfecho , seguro y digno, sostiene la mirada sin problemas. He aquí algo para tener muy en cuenta.

La mirada, no los ojos en sí, reflejan el estado interno del Alma en un momento dado, por eso es fácil descubrir cuando alguien nos miente, especialmente los niños, mirándole a los ojos. Porque el Alma no avala la mentira, los dobleces y las acciones humanas desprovistas de sinceridad y buena fe.

Los médicos y terapeutas debieran recordar éste medio de reconocimiento. El cuerpo puede ser esquivo en lo que manifiesta, la palabra del paciente estar perturbada o modificada, pero su mirada te acercará siempre al Alma de quien está delante tuyo.

Y el punto más importante es…que podemos irradiar Amor, sanación, bendición, apertura, calma…y todo lo que portamos, a través simplemente de una mirada. Así serán en el futuro las sanaciones…empleando la presencia, la mirada, la irradiación sin tocar físicamente al otro…

ESO ES PODER DEL ESPIRITU USANDO AL ALMA COMO VEHÍCULO!

Entonces, ya consideramos al menos tres razones importantes para volar con nuestra mirada hacia la del otro y anidar en ella hasta comunicarnos alma a alma…

1-Contactarnos y reconocernos-

2- Saber o intuír lo que aqueja a esa alma

3- Irradiar a través de nuestra mirada hacia la suya lo que sentimos como tarea: AMOR, PAZ,ESPERANZA, SANACIÓN.

Nunca subestimemos los caminos de expresión y manifestación del Alma. La mirada es solo uno de ellos, uno importante, que hace que todas nuestras relaciones y nuestra vida cambien y se profundicen.

Como siempre, les invito a ponerlo en páctica. Una espiritualidad no practicada…es siempre materia pendiente.

MI CORAZÓN LES ABRAZA SIEMPRE!

Tahíta

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Una colaboración de Pauline

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Se aconseja escuchar el vídeo mientras se lee

Día a día tenemos la oportunidad de ponernos a pulir nuestra capacidad para activar la intuición.

Ese don que nos permite sentirnos en contacto con nuestro yo superior, que se encuentra del otro lado del velo, y que siempre ha estado con nosotros, desde tiempos inmemoriales, y del cual no nos percatamos casi nunca.

Esos pálpitos, corazonadas, inquietudes, ese desagradable sentimiento en la boca del estómago, esa piel de gallina sin motivo aparente, no son más que las maneras en que se comunica nuestro Yo superior con nosotros.

Es ideal detenernos, hasta percibir de manera precisa de que trata esa comunicación.

El ignorarlo solo nos trae problemas, pues muchas veces son advertencias de nuestra parte inmaterial que vive en un tiempo no lineal y que conoce el pasado, presente y futuro nuestro.

Seguir nuestra intuición es una manera más de entregarnos y de confiar.

Es una manera de ofrendar al universo actuando en consecuencia, como partícula de un todo que somos, de aceptarnos como seres divinos, portadores de luz.

Ale-

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Una colaboración de Pauline

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AMOR

El amor es, en esencia, una emoción inefable, una pasión que nos arrebata y nos conduce a esas regiones donde el lenguaje solo balbucea, incapaz de expresar la realidad que estamos viviendo; aquí 10 palabras y expresiones que solo existen en su propio idioma en torno a esta manía.

loveEl amor se considera, desde tiempos remotos, la emoción humana inefable por antonomasia. Entre los griegos, por ejemplo, se le consideraba un tipo de locura, la manía erótica que Platón calificó en elFedro como la posesión suprema.

Quizá por esto, porque los efectos que suscita la pasión amorosa rozan lo indescriptible, lo innombrable, esos límites donde el lenguaje se revela insuficiente, existen expresiones que intentan dar cuenta de dicha realidad: casi como en un proceso alquímico, reducir el amor tanto como sea posible a una serie arbitraria de signos inteligibles.

 

1. Mamihlapinatapei: en yagan, un idioma del pueblo aborigen homónimo que habita en las latitudes más australes de Sudamérica (especialmente en Isla Grande de Tierra del Fuego y Cabo de Hornos), la situación existente entre dos personas que al mismo tiempo que desean iniciar una relación amorosa entre sí, ambos se sienten reluctantes, renuentes, a dar el primer paso.

 

2. Yuanfen: en chino, una relación signada por el destino. Un concepto que encuentra su propia lógica desde el principio de la predeterminación que rige la existencia de una persona. Un poco como lo expuesto por el narrador de Deustches requiem, el cuento de Borges:

En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad.

 

3. Cafuné: en el portugués de Brasil, el acto de pasar los dedos tiernamente por el cabello del ser amado.

 

4. Retrouvailles: en francés, la alegría de reencontrarse con alguien después de mucho tiempo sin verlo.

 

5. Ilunga: en bantú, una familia de lenguas africanas no afroasiáticas (como el zulú y el suajili, entre otras), una persona que perdona una ofensa la primera vez, la tolera en una segunda ocasión pero nunca una tercera.

 

6. La douleur exquise: también en francés, el dolor que se siente cuando se desea a alguien que no se puede tener. “Buscan luego mis ojos tu presencia” (Sor Juana): la frustración de tenerte frente a mí y, sin embargo, no tenerte de ningún modo.

 

7. Koi No Yokan: japonés para la sensación de conocer por vez primera a alguien y, en ese mismo instante, saber que ambos están destinados a enamorarse.

 

8. Ya’aburnee: “Entiérrame”, una declaración en árabe que expresa la esperanza de que uno de los amantes muera primero, porque quien la dice supone que no podría vivir si el otro faltara.

 

9. Forelsket: en noruego, la euforia propia de la primera vez que uno se enamora.

 

10. Saudade: una de las palabras más características del portugués, polisémica; en el caso del amor, se refiere al sentimiento de amar aún a alguien que se ha perdido; también “un deseo vago pero constante por alguien que no existe y probablemente no pueda existir”.

http://pijamasurf.com/2013/05/10-palabras-sobre-el-amor-que-no-existen-fuera-de-su-propio-idioma-y-nombran-experiencias-unicas/?utm_source=feedly

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Una colaboración de Pauline

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8 de Mayo del 2013

Acostumbrados como estamos a que la mente lleva la delantera y con ella nos arrastra a un continuo parloteo, no es raro que nos enredemos en sus soluciones, que nunca son tales, y olvidemos la sabiduría que puede llegarnos por la vía del corazón, que es intuitiva.

El secreto es estar alerta y calmado lo más posible . Cuando sucede algo imprevisto o no que nos desafía…el estar calmos hace que la mente no nos enrede en tantos laberintos sin salida y nos mantenga así sin acceder a la respuesta intuitiva. Cuando lo logramos podemos solucionarlo casi todo.

Muchos creen que cuando muchos decimos que APARTEN LA MENTE, eso quiere decir actuar irracionalmente. Nada de eso. La mente debe registrar la situación…pero es el corazón el que discierne…la mente analiza, compara, pesa, que son funciones que automáticamente pasa a la central de Poder (el corazón) para que los tenga en cuenta dentro de la solución…por eso se dice que el corazón es el centro de SINTESIS del ser encarnado.

Soy famosa por encontrar objetos perdidos, desde un medicamento que rodaba al suelo cuando veía mal, hasta aros, dinero, y otras cosas. Cuando algo se me pierde o se pierde a otro, sigo la primera indicación que me llega, y acallo la mente. Creo que nunca ha fallado…a veces se tarde un poco. según mi estado de calma y receptividad, mas nunca falla.

Esa intuición suple las lagunas mentales y los estados de falta de memoria que están a quejando a muchos…incluso cundo me olvido de una cita o una tarea, pido que se me haga acordar, y me despreocupo…siempre llega de alguna forma el recordatorio.

Por su puesto, creo que eso no lo logramos en un solo salto, sino que con la práctica, como todo, adiestramos a nuestra personalidad a estar alerta y menos propensa a perderse en la mente. Desde ya, si nos desesperamos porque no recordamos donde dejamos las llaves, o el dinero, o los anteojos…nos bloqueamos, y el estado emocional impide la respuesta. Lo mejor…salvo que sea urgente el encontrarlos..es tomarse unos minutos para relajarse y dejar mentalmente la preocupación. Enseguida recordaremos o daremos con el objeto. Y aunque se urgente…hasta no calmarnos…los podremos tener frente a la nariz…que no los veremos.

Lo mismo en una situación en que debamos decidir algo. Si podemos tomarnos el tiempo, dejando tranquila lamente, las piezas se ponen en su lugar y vemos todo claramente .Si es una emergencia, actúen como sientan, no como piensen que deben actuar .Nunca estamos solos…siempre hay asistencia, y no se trata de actuar precipitadamente, sino acorde a la demanda del momento según lo que perciban profundamente.

Todo esto depende de cómo nos estamos relacionando con esa parte nuestra que nos sopla las soluciones, y si estamos abiertos, confiando plenamente en su asistencia y guía. Eso no puede dárnoslo nadie…menos prisa, menos reacciones desde el ego, más paz y “recordarnos” fuera de ese conflicto, va haciendo que cambiemos de la mente al corazón, y podamos sentir que trabajamos al unísono con nuestra parte Maestra.

Y es que eso es lo que somos. Éste cúmulo de materia ya sea física astral o mental es una creación nuestra para estar experimentando nuestra humanidad temporal, en la densidad…mas lo que somos es LA ESENCIA MAESTRA .Parece una contradicción que nos dividamos así, pero lo que ocurre es que al identificarnos con los cuerpos inferiores les hemos dado tanta energía, olvidando quienes somos, que se han independizado y actúan fuera del control de nuestra esencia.

Es imprescindible entonces ir traspasando energía de la mente al corazón (intuición espiritual), para retomar el poder y comenzar a co-crear más felizmente para nosotros y el entorno.

No hay otra tarea más que esa conexión. Con ella afianzada, la vida se vuelve más simple, y el viento el cambio nos besa las alas sin arrancarnos ayes de dolor.

Como siempre…el camino a practicarlo está abierto y es el único genuino…sea cual sea nuestra creencia.

La espiritualidad se vive o es una espiritualidad muerta, que no nos ayuda a transformarnos.

MI CORAZÓN LES ABRAZA SIEMPRE!

Tahíta

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Aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real

El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real. Muy probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de una multitud de experiencias. Hoy sabemos que todo lo que experimentamos se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior. Vivimos, pues, en una realidad virtual. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente. Por Francisco J. Rubia.

Estamos tan familiarizados y satisfechos con la experiencia de nuestro yo que preguntarse si realmente ese yo existe parece como si fuese la pregunta de un retrasado mental. Y sin embargo la neurociencia moderna se plantea esa cuestión precisamente, a saber que el yo, como ya decía la filosofía hindú hace más de tres mil años, es maya, palabra del sánscrito que significa engaño, ilusión o lo que no es.

En la filosofía védica se acuñó la palabra Ahamkara, palabra compuesta de Aham, que significa “yo” y kara que designa todo aquello que ha sido creado. El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.

Como dice la psicóloga británica Susan Blackmore, la palabra ilusión no significa que no exista, existe como fruto de la actividad cerebral que al parecer genera esa ilusión en nuestro propio beneficio.

Cuando nos levantamos por la mañana nuestro yo se despierta unido a la consciencia. Vuelven los recuerdos del día anterior y los planes para el futuro. En una palabra: nos convertimos en esa persona que identificamos con la palabra “yo”. Todos nosotros tenemos la impresión subjetiva de que dentro de nosotros se esconde la persona que llamamos “yo” y que recibe todas las sensaciones, toma todas las decisiones, recapacita, planifica, aprueba o rechaza. Es como una especie de homúnculo que controla todas las funciones cerebrales.


Teatro cartesiano

El filósofo estadounidense Daniel Dennett llamó a este proceso el Teatro Cartesiano, es decir, una especie de quimera de que en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

En el siglo XVIII, el filósofo escocés David Hume ya dijo que no había ninguna prueba de que ese lugar existiese. Además se ha argumentado que la existencia de un homúnculo requeriría otro homúnculo dentro del primero y así sucesivamente.

David Hume decía: “Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo”.

Como vemos, para Hume el yo no es más que un haz de percepciones. Veinticuatro siglos antes Gauthama Buda había llegado a la misma conclusión.

La hipótesis del alma

Naturalmente existe la hipótesis de un ente inmaterial, al que se le ha llamado alma, que controlaría todas las funciones cerebrales. El problema es que con ella no resolvemos nada.

Primero, porque el dualismo cartesiano siempre tuvo problemas para explicar cómo un ente inmaterial es capaz de mover la materia cerebral sin tener energía, lo que violaría las leyes de la termodinámica. En segundo lugar, porque la hipótesis del alma nos da una explicación, pero invalida cualquier investigación ulterior ya que la creencia en ella hace superfluo cualquier esfuerzo por conocer cuáles son las razones y los mecanismos de lo que hemos llamado la ilusión del yo.

Además, la hipótesis del alma no es una hipótesis científica porque no es ni confirmable ni falsable, siguiendo los criterios del filósofo austriaco Karl Popper.

No tenemos ninguna prueba de la existencia de algo permanente en nosotros mismos. Todo lo que nos rodea y todo lo que somos, biológicamente hablando, es efímero y perecedero.

Si el yo es la suma de nuestros pensamientos y acciones, entonces ese yo es fruto de la actividad cerebral. Lesiones cerebrales graves pueden producir un cambio de personalidad, y el mismo efecto puede tener lugar con la ingesta de drogas.

A pesar de que el yo sea un producto cerebral, no existe ningún lugar en el cerebro en el que pueda localizarse. Muy probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de una multitud de experiencias, tanto las que llegan a través de nuestros sentidos como las que hemos almacenado en nuestra memoria.

Sabemos que el cerebro construye un modelo del mundo exterior y que teje las experiencias para formar una historia coherente que le permita interpretar y predecir futuras acciones.

Generamos una simulación del mundo exterior para anticipar lo que vamos a hacer en él en el futuro y, de esa manera, asegurar la supervivencia. Esa sería la razón por la que preferimos
un modelo de la realidad antes que la realidad misma.

Desconectados de la realidad

No tenemos una conexión directa con la realidad, como ya dijo el filósofo alemán Immanuel Kant. Kant afirmaba que incluso antes de que haya un pensamiento, antes de que podamos conocer algo sobre el mundo o sobre nosotros mismos, tiene que haber un yo unificado como sujeto de la experiencia. Colocó ese yo unificado y primordial en el centro de su propia filosofía y argumentaba que ese yo interno creaba coherencia y prestaba ayuda a nuestra experiencia y nuestra percepción.

Hoy sabemos que todo lo que experimentamos se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior. Vivimos, pues, en una realidad virtual.

La filosofía hindú también considera la realidad exterior como maya, ilusión. Ya en el pasado se conocía que las llamadas cualidades secundarias dependían del sujeto que las experimentaba, como afirmaba Descartes. Y el filósofo napolitano Giambattista Vico lo expresa claramente en su libro La antiquísima sabiduría de los italianos de la manera siguiente: “si los sentidos son facultades, viendo hacemos los colores de las cosas, degustándolas sus sabores, oyéndolas sus sonidos, y tocándolas, hacemos lo frío y lo caliente”.

El filósofo empirista irlandés, el obispo George Berkeley, decía que sólo conocemos lo que percibimos, de manera que sus contemporáneos discutieron si cuando caía un árbol en el bosque y nadie estuviera presente para escucharlo haría algún ruido.

Por lo que hoy sabemos no habría ningún ruido, ya que el sonido no es ninguna cualidad de la realidad absoluta, sino sólo de la nuestra. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente.

Ahí afuera no existen más que radiaciones electromagnéticas de distintas longitudes de onda que incidiendo sobre nuestros receptores producen potenciales eléctricos, los potenciales de acción, que son todos iguales provengan del ojo, del oído, del gusto, del olfato o del tacto.

Es en las distintas regiones de la corteza donde se atribuyen las cualidades secundarias. De ahí que la lesión de la región cortical donde se procesa la visión cromática tenga como resultado que el paciente se vuelva acromático y no sólo no vea colores, sino que ni siquiera sueñe con ellos.

En la construcción de ese mundo interior, si falta alguna información, el cerebro la suple para generar una historia plausible aunque no sea completamente exacta.


El cerebro crea el yo consciente

De la misma manera, el cerebro crea el yo consciente, aunque aún no sepamos cómo, y a partir de la actividad neuronal se pasa a un concepto tan abstracto como ese.

El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.

Tanto lo que llamamos yo como la consciencia son construcciones cerebrales que encierran el gran problema de la neurociencia, a saber, cómo se pasa de la actividad neuronal a las impresiones subjetivas. Es lo que el filósofo australiano David Chalmers ha llamado el “problema difícil” de la consciencia. El paso de lo objetivo a lo subjetivo.

¿Qué sentido tendría esa ilusión del yo? Se ha argumentado que la razón es simplemente la función de predecir la conducta de los otros. Si creo que dentro de mí existe una persona que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el comportamiento de los demás observando esa persona dentro de mí. La autoconsciencia sería, pues, el invento del yo para saber qué harán los otros.

El neurólogo indio afincado en Estados Unidos Vilayanur Ramachandran cree que el yo no es una propiedad holística de todo el cerebro, sino que surge de la actividad de series de circuitos que están distribuidos por todo el cerebro e interconectados entre sí.

El pionero de la inteligencia artificial, Marvin Minsky, dice que la auto-consciencia es un segundo mecanismo paralelo desarrollado para generar representaciones de otras representaciones más antiguas.

Y el psicólogo inglés, Nicholas Humphrey, supone que nuestra capacidad de introspección puede haberse desarrollado específicamente para construir modelos de la mente de otras personas para poder predecir su conducta.

Esta última afirmación nos llevaría a relacionar la auto-consciencia con las neuronas espejo, que nos permiten “reflejar” en el cerebro actos motores, pero también emociones e intenciones de los demás. En esto también está Ramachandran de acuerdo.

¿Sólo un yo?

Habría que preguntarse si existe sólo un yo. No hace tanto tiempo se buscaba afanosamente la memoria, asumiendo que era una sola entidad. Hoy sabemos que hay distintos tipos de memoria con distintas localizaciones en el cerebro.

Lo mismo ha ocurrido con la inteligencia, y hoy se definen varios tipos de inteligencia. Por ello hay que preguntarse si no ocurrirá lo mismo con el yo.

Ramachandran habla, por ejemplo, de diversos yos, o al menos de distintos aspectos del yo, como por ejemplo el sentido de unidad, la multitud de sensaciones y creencias, el sentido de la continuidad en el tiempo, el control de las propias acciones (esto último relacionado con el tema de la libertad o libre albedrío), el sentido de estar anclado en el cuerpo, el sentido de la propia valía, dignidad y mortalidad o inmortalidad.

Cada uno de estos aspectos puede estar mediado por centros diferentes en distintas partes del cerebro y que, por conveniencia, los agrupamos a todos en una sola palabra: yo. Precisamente el aspecto más extraño de todos: el ser consciente de uno mismo es lo que Ramachandran supone que depende de las neuronas espejo.

Hay casos clínicos que muestran que existen muchas regiones cerebrales que juegan un papel en la creación y mantenimiento del yo, pero no existe ningún centro en donde se reúna todo físicamente.

Aparte del lóbulo frontal, donde se descubrieron estas neuronas por vez primera, existen numerosas neuronas espejo en el lóbulo parietal inferior, una estructura que ha experimentado una gran expansión en los grandes simios y en el hombre.

Esta región se dividió en dos giros: el giro supramarginal que nos permite “reflejar” nuestras acciones anticipadamente, y el giro angular, que nos permite “reflejar” nuestro cuerpo, en el hemisferio derecho, y otros aspectos sociales y lingüísticos del yo en el hemisferio izquierdo.

La hipótesis de la relación de estas neuronas con la auto-consciencia supondría que utilizamos las neuronas espejo para mirarnos a nosotros mismos como si alguien lo estuviera haciendo. Y el mismo mecanismo que se desarrolló para adoptar el punto de vista de otro se volvió hacia adentro para mirar el propio yo. De manera que “auto-consciente” sería ser consciente de otros siendo consciente de mí mismo.

El yo como construcción cerebral

Que el yo unificado puede ser una construcción cerebral lo muestran los experimentos realizados por Roger Sperry (Nobel 1981) y Michael Gazzaniga en sujetos con cerebro escindido o dividido.

En pacientes que sufrían de epilepsia, con un foco en un hemisferio, y para evitar que se crease un “foco especular” en el otro hemisferio, cirujanos norteamericanos hace unas décadas seccionaban el cuerpo calloso e incluso en algunos pacientes también la comisura anterior.

Los experimentos mostraron que al hacerlo los cirujanos partieron literalmente en dos el yo, ya que aparecieron dos personas distintas con gustos y aficiones diversas y a veces contradictorias. En estos pacientes podía ocurrir que una mano abriese un cajón y la otra intentase cerrarlo.

Preguntado el hemisferio no parlante de uno de estos sujetos, generalmente el derecho, que qué profesión quería ejercer en el futuro, respondió, mediante la utilización de letras del juego Scrabble, que quería ser corredor de fórmula uno, cuando el hemisferio parlante había siempre afirmado querer ser diseñador gráfico. Y el neurólogo Ramachandran tuvo un paciente que respondía con el hemisferio izquierdo creer en Dios y con el hemisferio derecho ser ateo.

La división de las conexiones entre los dos hemisferios había creado un segundo yo hasta ahora desconocido porque el yo del hemisferio dominante o parlante se había considerado el único.


Imagen: Argus.

Imagen: Argus.
Resultados sorprendentes

Uno de los resultados más sorprendentes de estos experimentos fue la capacidad de interpretación del hemisferio izquierdo de la conducta iniciada por el hemisferio derecho.
Si se le enviaba una señal al hemisferio derecho que decía “andar”, el sujeto se ponía en marcha. Y preguntado el sujeto verbalmente que por qué lo hacía, el hemisferio izquierdo parlante respondía que iba a buscar una coca-cola, cualquier otra excusa o simplemente que tenía ganas de hacerlo.

Este fenómeno es algo parecido a lo que ocurre cuando se hipnotiza a una persona y se le ordena, ya hipnotizado, que ande a cuatro gatas por la alfombra. Si en ese momento el hipnotizador lo despierta y le pregunta qué hace andando a cuatro gatas, el sujeto puede responder que porque se le había caído una moneda.

El hemisferio izquierdo, cuando no conoce las razones de la conducta del organismo, se inventa una historia plausible para interpretarla. En otras palabras: para ese yo del hemisferio izquierdo una historia plausible, pero falsa, es mejor que ninguna.

Esta capacidad que llevó a su descubridor Michael Gazzaniga a llamar al cerebro dominante “el intérprete” se ve aún más claro en el siguiente experimento.

Si se le proyecta a uno de estos pacientes un paisaje nevado al hemisferio derecho y la cabeza de una gallina al hemisferio izquierdo y luego se le pide que elija con cada mano entre varias imágenes que se les proyecta la que estuviese más relacionada con lo que habían visto, la mano derecha, controlada por el hemisferio izquierdo, elegía una gallina, y la mano izquierda, controlada por el hemisferio derecho, una pala.

Pero si se le preguntaba al paciente que por qué había elegido con la mano izquierda una pala respondía que para limpiar la porquería del gallinero.

Engaños cerebrales

Para el yo izquierdo, repito, es mejor tener una historia plausible, aunque sea falsa, que no tener ninguna. La capacidad de suplir información que falta por parte del cerebro es lo que constituye los engaños tanto ópticos como de otro tipo a los que estamos acostumbrados.

Pensemos, por ejemplo, cómo el cerebro cubre la información que falta en aquella parte de la retina que no tiene receptores visuales por la salida del nervio óptico, es decir, la mancha ciega que no se traduce en un escotoma en el campo visual.

Antes hablamos de casos clínicos en los que se produce una fragmentación del yo o la pérdida de uno de sus aspectos.

Uno de estos casos es la asomatognosia, o la falta de reconocimiento de una parte del cuerpo, que suele ocurrir tras una apoplejía con extensas lesiones de la corteza cerebral. La asomatognosia es una fragmentación del yo.

Otro ejemplo es el síndrome de negligencia hemiespacial, que ocurre por lesiones del lóbulo parietal derecho, en el que el paciente ignora, o más bien no atiende, a la mitad izquierda de su campo visual.

Otro síntoma que afecta al yo personal es la anosognosia, o negación de la enfermedad. Un caso especial de anosognosia es el síndrome de Anton, o inconsciencia de la ceguera. Gabriel Anton describió uno de los primeros ejemplos de falta de consciencia de la ceguera en 1899.

Generalmente, las tres condiciones: asomatognosia, negligencia hemiespacial y anosognosia suelen ocurrir juntas por lesiones del hemisferio derecho.

Límites del yo personal

Los límites del yo personal son más dinámicos que rígidos. Hay cosas ego-cercanas, como el propio cuerpo, la mujer o el marido, los miembros de la familia. Por otra parte, los objetos que no tienen un significado especial para nosotros son considerados ego-distantes.

Ejemplos de alteraciones de las relaciones del yo son los fenómenos conocidos como déjà vu y jamais vu, o sea ya visto y jamás visto, en los que el paciente tiene la impresión de haber visto ya algo que no ha podido ver antes, o lo contrario, la impresión de no haber visto nunca algo que sí conoce. Esto está en relación con el sentido de familiaridad, sentido emocional que depende del sistema límbico, concretamente de la amígdala.

El individuo sano tiene una relación integrada y normal con el mundo. Nuestras relaciones con el mundo y con otras personas están en un equilibrio delicado y ese equilibrio se mantiene de manera automática e inconsciente. No somos conscientes de él hasta que no es violentado.

En 1923, el psiquiatra francés Jean-Marie Joseph Capgras describió un caso, el de Madame M., una mujer de 53 años que se quejaba que impostores habían sustituido a su marido, a sus hijos e incluso a ella misma. Su marido había sido asesinado y los impostores lo habían sustituido por otra persona. A este fenómeno lo llamó “l’illusion de sosies’.

Sosia es en español una persona que se parece tanto a otra que es confundida con ella. El nombre proviene de la mitología griega en la que se cuenta la historia de Zeus que se transformó físicamente en la persona de Anfitrion para seducir a su mujer Alcmena. Temeroso de que la criada de Alcmena, Sosia, la alertase del engaño, hizo que Hermes se convirtiese en Sosia. El engaño tuvo éxito y Alcmena dio a luz a dos mellizos: uno, hijo de Zeus: Hércules; el otro, hijo de Anfitrion: Iphicles. De ahí que el nombre sosie signifique en francés doble.

El síndrome de Capgras está probablemente generado por la pérdida de la conexión entre el reconocimiento de caras, localizado en el giro fusiforme, y el sistema límbico, especialmente la amígdala, que le da significación emocional a los estímulos sensoriales. El paciente reconoce las caras, pero no son familiares para él, por lo que supone que son impostores o dobles.

Cuatro años tras la publicación del síndrome de Capgras, dos médicos franceses, Courbon y Fail, publicaron un artículo titulado: “El síndrome de la ilusión de Frégoli y la esquizofrenia”. Courbon y Fail le dieron este nombre por Leopoldo Frégoli, famoso actor italiano en Francia por su extraordinaria capacidad de imitación. Estos pacientes encontraban a personas a su alrededor conocidas, aunque nunca las habían visto antes, es decir, lo contrario que los pacientes con síndrome de Capgras. El síndrome de Frégoli puede interpretarse como una super-relación con otras personas y en ese sentido se parece al fenómeno del déjà vu.

Un yo maleable

Los límites del yo son maleables, no son rígidos. Al yo se le ha comparado con una ameba que cambia su forma y sus márgenes. Un ejemplo de ello es lo que ocurre con los experimentos que utilizan una mano de goma. Si se oculta la mano izquierda de un sujeto y se acarician simultáneamente la mano izquierda y la mano de goma con un punzón o pincel, al cabo de unos minutos el sujeto siente que la mano de goma forma parte de su cuerpo. La fusión de la información táctil y visual en el cerebro crea esa ilusión.

Las memorias de todas las experiencias de la vida son muy importantes para la creación y mantenimiento del yo.  Nuestra identidad es la suma de nuestros recuerdos, pero esos recuerdos se modifican por el contexto en el que se producen y, a veces, simplemente son confabulaciones. Con otras palabras: no podemos fiarnos completamente de ellos, de manera que el propio yo queda en entredicho. Por otra parte, sin un sentido del yo los recuerdos no tienen ningún sentido y, sin embargo, ese yo es un producto de nuestros recuerdos.

Dos tipos de yo

Personalmente pienso que existen al menos dos tipos de yo o de consciencia: una a la que llamo “consciencia egoica”, que es la consciencia normal que solemos tener en la vigilia, aunque haya también diversos niveles, y que se caracteriza por un pensamiento dualista característico de nuestra capacidad lógico-analítica. Y una segunda consciencia que llamo “consciencia límbica” que es la que nos permite acceder a una especie de “segunda realidad”, que es a la que llega el chamán, o el místico, mediante ciertas técnicas y que genera la sensación de trascendencia.

La llamo consciencia límbica porque se debe a la hiperactividad de determinadas estructuras límbicas que se encuentran en la profundidad del lóbulo temporal. Su estimulación eléctrica o magnética es capaz de producir experiencias llamadas espirituales, religiosas, numinosas o de trascendencia. Ambas consciencias son antagónicas y una condición para que se produzca esta última es la anulación de la consciencia egoica, algo que conoce hace siglos la filosofía oriental.

Es de suponer que la consciencia egoica es dependiente de estructuras cerebrales filogenéticamnete más modernas, como la corteza prefrontal y la corteza cingulada anterior, mientras que la consciencia límbica supone la dependencia de estructuras más antiguas pertenecientes al cerebro emocional o sistema límbico.

En resumen: el yo, como construcción cerebral, no tiene una localización exacta en el cerebro y es posible que existan distintos tipos de yo o de consciencia. Sus límites no son fijos y tanto ciertos experimentos como la patología nos muestra su fragilidad. Llama la atención el hecho de que atribuyamos al yo la mayoría de la actividad cerebral, cuando en realidad el yo racional es una instancia tardía en comparación con el inconsciente que gobierna la inmensa mayoría de nuestra actividad cerebral al servicio de la supervivencia.

Falta conocer por qué es generado ese yo unificado por el cerebro, y cuál es su función.

Francisco J. Rubia Vila es Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y también lo fue de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Texto de la conferencia pronunciada por el autor en la Real Academia Nacional de Medicina (Madrid) el 7 de mayo de 2013.  La conferencia puede seguirse también en video   y se publicó originalmente en el Blog Neurociencias  que el autor edita en Tendencias21.


Bibliografía

Dennett, D. Consciousness explained.Little Brown and Co.Boston, 1991

Feinberg, T. E. Altered Egos. How the Brain Creates the Self. Oxford University Press. Oxford, 2001

Hood, B. The Self Illusion: Why There es no “You” Inside Your Head. Constable & Robinson Ltd. London, 2012

Metzinger, T. The Science of the Mind and the Myth of the Self. Basic Books. New York, 2009

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Una colaboración de Pauline

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Una colaboración de Nexuna

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Una colaboración de Pauline

Se explica la función esotérica
de los verdaderos símbolos
expuestos en los diseños y colores
de las Claves del Sagrado Tarot.
Se instruye sobre el origen
de estas extraordinarias fuentes de Sabiduría
y cómo funcionan al estudiarlas y meditar en ellas.
Se profundiza en la instrucción que conlleva el diseño
de la Clave 13 en cuestión
y se explica cómo al prestar atención a este símbolo
se nos desarrolla la capacidad de entendimiento
de la Gran Ley del Constante Cambio y Transformación
que rige el Universo
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es sólo un cíclico acontecimiento benefactor
.

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Una colaboración de Linterna Blanca

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Siglos y siglos han transcurrido desde que Ambarisha, rey de Ayodhyâ, reinaba en la ciudad fundada por el santo Manú Vaivasvata, el hijo del sol. El rey era un Sûryavansa (un descendiente de la raza solar) y se decía el servidor mas fiel de Varuna, el Eterno, el dios mas grande así como el mas poderoso en el Rig-Veda (2). Pero el Eterno había negado herederos masculinos a su adorador, lo cual hacia que el rey se sintiera completamente derrotado.

“¡Ay! Se lamentaba este cada mañana mientras hacia su puja (prácticamente sus devociones) ante los dioses inferiores. “¡Ay, de que me sirve ser el rey mas grande de la tierra, si el Eterno me niega un sucesor de mi sangre!”. Cuando haya muerto y este en la pila funeraria, ¿quién llevara a cabo por mi el dulce deber filial de romper el cráneo a mi cadáver para liberar mi alma de sus ultimas trabas terrenales? ¿Qué mano extraña, durante la luna llena, colocara el rij del Sraddha, para honrar a mis manes? (3) los mismos pájaros de la muerte, (4) ¿no se sustraerán del festín fúnebre? Porque, con toda seguridad, mi sombra remachada a la tierra por su gran desespero, no les dejara que la toquen!”

De este modo se sentía el rey desolado, cuando su grithasta (capellán de la familia) le inspiro la idea de hacer un voto. Si el Eterno le enviaba dos o mas hijos, él le prometía al dios sacrificarle el mayor, en una ceremonia publica, cuando la victima hubiera alcanzado la pubertad. Atraído por esta promesa de carnes sangrientas y humeantes, de tan grato perfume para todos los grandes dioses, Varuna acepto la promesa del rey, y el feliz Ambarisha tuvo un hijo, seguido de varios otros. El mayor, el heredero de la corona, pro tempore fue llamado Rohita (el rojo) y apellidado el Devarata, lo cual, traducido literalmente significa el “Dios dado”. Devarata creció y muy pronto se convirtió en un guapo príncipe, pero tan egoísta y astuto como bello, si hemos de dar crédito a las leyendas.

Cuando el príncipe hubo alcanzado la edad requerida, el Eterno, hablando por boca del mismo capellán de la corte, conminó al rey a mantener su promesa. Pero, Ambarisha, inventando cada vez mas pretextos para alejar el momento del sacrificio hizo que, finalmente, el Eterno se enfadara…Y como dios colérico y celoso que era, amenazó al rey con toda su cólera divina.

Durante mucho tiempo, ni requerimientos ni amenazas obtuvieron el efecto deseado. Mientras hubo vacas sagradas que pasaban de los establos reales a la de los brahmanes, y dinero en las tesorerías para llenar las criptas de los templos, los brahmanes consiguieron tener tranquilo a Varuna. Pero, cuando ya no quedaron ni vacas ni dinero, el Eterno amenazo al rey de sumergir su palacio con él y sus herederos, y si escapaban a ellos quemarlos vivos. Habiendo agotado los argumentos, el pobre rey Ambarisha hizo llamar a su primogénito y le informo de la suerte que le esperaba. Pero Devarata no le presto oídos. Se negó a someterse a la doble voluntad paternal y divina.

De modo que, cuando se hubieron encendido las hogueras del sacrificio y cuando toda la buena gente de Adyodhya se hubo reunido emocionada. El príncipe heredero fue el único que falto a la fiesta.

Se había refugiado en los bosques de los yoguis. Ahora bien, estos bosques estaban habitados por santos eremitas y Devarata sabia que allí era inatacable e inexpugnable. Se le podía visitar, pero nadie podía violentarle, ni siquiera el mismo Varuna, el Eterno. Esto era muy simple. Las austeridades religiosas de los Aranyakas (los santos de la selva), de entre los cuales varios eran Datillas, (titanes, la raza de gigantes y demonios), les proporcionaban tal poder que todos los dioses temblaban ante su omnipotencia y sus poderes sobrenaturales, incluido el Eterno.

Estos Yoguis antediluvianos, según parece, poseían el poder de destruir a este mismo Eterno, a voluntad, tal vez porque fueron ellos mismos quienes lo habían inventado.

Devarata pasó en los bosques varios años; luego, finalmente, tuvo bastante. Diciéndose que podría satisfacer a Varuna encontrado un sustituto que se hiciera inmolar en su lugar, con tal que fuera un hijo de un Rishi, se puso en camino y termino por descubrir lo que necesitaba.

 

En el país que se extiende cerca d e las riberas floridas del famoso lago Pushkara, había hambre, y un gran Santo llamado Ajigarta, (5) estaba a punto de morir de hambre con toda su familia. Tenia varios hijos, el segundo de los cuales, un adolescente virtuoso llamado Sunahsepha, estaba apunto de convertirse en Rishi él también. Aprovechando la penuria y pensando, con razón, que panza hambrienta tendría mas oídos que vientre satisfecho, el astuto Devarata puso al corriente de su historia. Después de lo cual le ofreció cien vacas a cambio de Sunahsepha, para servirle de sustituto como comida de ofrenda en el altar del Eterno. El padre virtuoso se negó abiertamente al principio. Pero el dulce Sunahsepha se ofreció él mismo y hablo de este modo a su padre:

“¿Qué importa la vida de un solo hombre, cuando ésta puede salvar la vida de tantos otros?. El Eterno es un Dios grande, y su misericordia es infinita; pero también es un dios muy celoso y su cólera es pronta y vengativa. Varuna es el dueño del terror, y la muerte obedece a su mandato. Su espíritu no se avendrá siempre con el que le desobedece, se arrepentirá de haber creado al hombre y entonces quemara vivos cien mil lakhs de personas inocentes, (6) por un solo culpable. Si su victima se le escapa, con toda seguridad secara nuestros ríos, hará que la tierra arda y afectara las mujeres en cinta, en su bondad infinita…Deja, pues, que me sacrifique, padre mío, por este extranjero que nos ofrece cien vacas; porque eso evitará que tu y mis hermanos, muráis de hambre y librara a miles de otros de una muerte terrible. A este precio, abandonar la vida es dulce para mí.”

El viejo Rishi vertió un mar de lágrimas; pero terminó por consentir y se fue a preparar la pira de sacrificio. (7)

El lago Pushkara (8) era uno de los lugares favorecidos de esta tierra por la diosa Lakshmi-Padma (loto blanco), quien se sumergía a menudo en sus frescas olas para rendir visita a su hermana mayor, Varuni, la esposa de Varuna, el Eterno. (9) Lakshmi-Padma escucho la ofrenda de Devarata, vio el desespero del padre y admiro la devoción filial de Sunahsepha. Llena de piedad, la madre del amor y de la compasión mando buscar al Rishi Visvamitra, uno de los siete Manús primordiales e hijos de Brahma, y consiguió interesarle en la suerte de su protegido. El gran Rishi le prometió su ayuda. Apareciéndose ante Sunahsepha mientras permanecía invisible para los demás, le enseño dos versículos sagrados (Mantras) del Rig-Veda, haciéndole prometer que los recitaría en la pira. Ahora bien, el que pronunciara estos dos mantras (invocaciones) obligaría a todo el cónclave de los dioses, con Indra a la cabeza, a venir en su ayuda y se convertiría por eso mismo en Rishi en esta vida o en su próxima encarnación.

El altar se levanto a la orilla del lago, la pira preparada y la multitud reunida. Entendiendo y después atando a su hijo sobre el altar perfumado. Ajigarta se provee del cuchillo del sacrificio. Luego, levanta su brazo trémulo por encima del cuerpo de su hijo amado, mientras éste recita los versículos sagrados. Todavía un instante de duda y de dolor supremo…y, cuando el hijo termina su mantram, el viejo Rishi hunde su cuchillo en el seno de Sunahsepha…

Pero, ¡Oh milagro! Al instante, Indra, el dios del azur (el firmamento) se desliza desde los cielos y se precipita en medio de la ceremonia. Rodeando la pira y la victima con una espesa nube azulada, la neblina apaga las llamas de la pira y desata las cuerdas que sujetaban al hijo cautivo. Es como si un ángulo del cielo azul se hubiera abatido sobre el lugar iluminando el país entero y coloreando toda la escena con su dorado azul.

Asustados, la multitud y el mismo Rishi cayeron prosternados, medio muertos de miedo. Cuando volvieron en si, la niebla había desaparecido y se había verificado un cambio total de la escena.

El fuego de la pira se había reanimado por si mismo y, extendida encima, se veía una cierva (Rohitj,(9) que no era otra que el príncipe Rohita, el Devarata, que, con el corazón traspasado por el cuchillo que el había dirigido contra otro, se quemaba en holocausto por su pecado.

A pocos pasos del altar, extendiendo, también, pero sobre un lecho de lotos, dormía apaciblemente Sunahsepha. Y en el lugar donde el cuchillo había alcanzado su seno, se vio expandirse un hermosoloto azul. El mismo lago Pushkara, recubierto un instante antes de lotos blancos cuyos pétalos brillaban al sol como copos plateados llenos de amrita (10) Reflejaban ahora el azul del cielo; los lotos blancos se habían convertido en azules.

 

Entonces se oyó una voz melodiosa como la voz de la vina, elevándose en el aire desde el fondo de las olas, que pronunciaba estas palabras y esta imprecación:

“Un príncipe que no sabe morir por sus súbditos no es digno de reinar sobre los hijos del Sol. Reinara en una raza de cabellos rojos, una raza bárbara y egoísta; y las naciones que descenderán de él no tendrán como herencia sino el poniente. Es el segundo hijo de un asceta mendicante, aquel que sacrifica sin dudar su vida para salvar la de los demás, el que se convertirá en rey y reinara en su lugar.”

Un estremecimiento de aprobación puso en movimiento el tapiz florido que recubría el lago. Abriendo a la luz dorada sus corazones azules, los lotos sonrieron de alegría y enviaron un himno de perfume a Surya, su sol y señor. Toda la naturaleza se regocijó, excepto Devarata que no era más que un puñado de cenizas.

Entonces Visvamitra, el gran Rishi, aunque padre ya de cien hijos, adopto a Sunahsepha como su primogénito, y maldijo de antemano, a modo de precaución, a todo mortal que se negara a reconocer en el último nacido del Rishi, al primogénito de sus hijos y heredero legitimo del trono del rey Ambarisha.

Como consecuencia de este decreto Sunahsepha nació, en su siguiente encarnación, en la familia real de Ayodhyâ, y reino sobre la raza Solar durante 84.000 años.

En cuanto a Rohita, por mas Devarata o dios que fuera, sufrió la suerte a la que Lakshmi-Padma le había señalado. Se reencarno en la familia de un extranjero sin casta, (Mecckha-Yavana) ,y se convirtió en el antecesor de las razas bárbaras de cabellos rojos que habitan Occidente.”

Es para la conversión de estas razas que le Loto Azul se fundo. Y si algunos de nuestros lectores ponen en duda la verdad histórica de esta narración de nuestro antepasado Rohita y de la transformación de los lotos blancos en azules, quedan invitaos a realizar un viaje a Ajinir.

Una vez allí, no tendrán mas que situarse a la orilla del lago tres veces santo, llamado Pushkara, donde todo peregrino que en él se baña durante la luna llena del mes de octubre-noviembre, alcanza la mas elevada santidad, sin mayor preocupación. Allí, los escépticos podrán ver con sus propios ojos el lugar donde se levanta la pira de Rohita, así como las aguas frecuentadas en otro tiempo por Lakshmi.

Podrán ver incluso los lotos azules, si gracias a una nueva transformación decretada por los dioses, la mayoría de estas plantas no se han convertido desde entonces en cocodrilos sagrados a los que nadie tiene el derecho de molestar. Lo cual hace que nueve peregrinos de cada diez que se bañan en las aguas del lago, tienen la oportunidad de entrar en el Nirvana casi en seguida, y que los cocodrilos sagrados son los más grandes de su especie.

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Se aconseja escuchar el vídeo mientras se lee

 

“El reino del [padre] es como cierta mujer que llevaba una [vasija] llena de alimento.

Mientras iba por el camino, todavía lejos de su casa, se rompió el asa de la vasija y el alimento cayó por completo sobre el camino detrás de ella. No se dio cuenta; no se percató del accidente. Cuando llegó a casa, depositó la vasija a sus pies y se dio cuenta que estaba vacía. “

Evangelio de Tomás

Su amor, su compasión y su cariño son como el alimento en la vasija de la parábola precedente. A lo largo de su vida, son las partes suyas que confortan, nutren y apoyan a los demás (y a usted) en los momentos duros. Cuando perdemos a esas personas, lugares y cosas que apreciamos es nuestra naturaleza amorosa y compasiva la que nos permite sobrevivir y superar esas experiencias.

Debido a que compartimos de buen grado el amor, la compasión y el cariño, estos se convierten también en nuestros elementos más vulnerables de perder, de ser entregados inocentemente o de ser arrebatados por las personas que tienen poder sobre nosotros.

Cada vez que confiamos lo suficiente como para amar o darle cariño a alguien y esa fe es violada, perdemos un poco de nosotros en la experiencia. Nuestra renuencia a exponernos de nuevo a dicha vulnerabilidad es nuestra protección; es la manera en que sobrevivimos a nuestras heridas más profundas y a las mayores traiciones. Y cada vez que cerramos el acceso a nuestra verdadera naturaleza compasiva y cariñosa, somos como el alimento que cayó lentamente de la vasija que cargaba la mujer.

Cuando llegamos a un punto en la vida en que realmente nos abrimos y compartimos con otra persona, buscamos el amor en nuestro interior solamente para descubrir que se ha ido y ha dejado un gran vacío. Descubrimos que nos hemos ido perdiendo poco a poco en las mismas experiencias en que confiamos tanto y que a la vez permitimos en nuestras vidas.

La buena noticia es que esas partes nuestras que parecen ausentes jamás se han ido del todo. No quedaron erradicadas para siempre…, son parte de nuestra verdadera esencia, parte de nuestras almas. Y así como el alma jamás puede ser destruida, la base de nuestra verdadera naturaleza jamás puede perderse. Simplemente está escondida y enmascarada para salvaguardarla. Reconocer la forma en que la enmascaramos es embarcarnos en un camino veloz hacia la sanación. Invocar de nuevo las partes que hemos perdido puede ser la mayor expresión de nuestro dominio personal.

A comienzos de mi carrera en la industria de la defensa, trabajé como parte de un equipo de programación para sistemas de armamentos. Mis colegas y yo compartíamos un pequeño espacio de trabajo con escritorios, sillas y cubículos típicos de la Fuerza Aérea y pasábamos largas horas juntos en contigüidad. Como se puede imaginar, había poca privacidad. Puesto que las conversaciones telefónicas rebotaban en los paneles de yeso, y se desplazaban por encima de los cubículos, llegamos a conocernos muy bien, de hecho, tan bien que muy pronto nos convertimos en consejeros virtuales mutuos en todos los aspectos: desde las carreras hasta los noviazgos y los asuntos familiares y personales.

Varias veces a la semana salíamos a almorzar juntos; ocasionalmente cobrábamos nuestros salarios y hacíamos diligencias rápidas al mediodía. Fue durante una de esas aventuras a la hora del almuerzo, que tuve la oportunidad de ver en persona el espejo de una experiencia que creó un “infierno” personal en la vida de uno de mis colegas, un hombre que también se había convertido en mi amigo.

En un día cualquiera, mi amigo se “enamoraba” de la mujer que conocía durante una de esas diligencias. Podía ser la mesera que tomaba su pedido o la cajera del supermercado.

Honestamente, era casi cualquiera que se cruzara en su camino durante el día (cualquier mujer, mejor dicho). Pasaba en cualquier lugar y el patrón era el mismo: miraba simplemente a los ojos de la mujer y “sentía una emoción” inexplicable. Sin comprender de qué se trataba, él asignaba la experiencia a la única explicación que podía encontrar. ¡Sentía que se había enamorado! Y se enamoraba varias veces al día.

La razón por la cual esto era un verdadero problema era que estaba casado. Tenía una esposa hermosa que lo amaba y un hermoso hijo y él los amaba muchísimo a los dos. Lo último que él deseaba hacer era herirlos de cualquier forma o destruir lo que habían creado juntos. Al mismo tiempo, sus sentimientos por las demás mujeres eran casi abrumadores y no entendía lo que pasaba.

En esta ocasión, acababa de regresar a la oficina después de un almuerzo rápido y una diligencia a la estación de gasolina y al banco. Fue en el banco que se metió en problemas.

En el lugar donde depositamos nuestros cheques había una hermosa cajera trabajando en la ventanilla. (Esto ocurrió en los días antes de los depósitos electrónicos). Para cuando llegamos a la oficina, lo único que podía hacer era pensar en ella. No podía enfocarse en el trabajo y era incapaz de sacarla de su mente. “¿Qué tal que esté pensando en mí en este momento?” preguntaba. ” ¿Qué tal que ella sea ‘la verdadera’?” Finalmente, tomó el teléfono, llamó al banco, encontró a la cajera y le preguntó si podían verse para tomar un café después del trabajo. Ella aceptó. Pero mientras estaban en la cafetería, miró a los ojos de la mujer que les estaba sirviendo el café y ¡se enamoró de ella!

Comparto aquí esta historia porque por razones que él no entendía: este hombre se sentía impulsado a iniciar contacto con mujeres hacia quienes honestamente creía que sentía algo.

Al hacerlo, estaba arriesgando todo lo que amaba incluyendo a su esposa, su hijo y su carrera. ¿Qué le ocurría?

¿Alguna vez ha tenido una experiencia similar (aunque espero que en un menor grado)?

¿Alguna vez se ha sentido perfectamente feliz y comprometido en una relación cuando de repente “algo” pasa? O quizá no está en una relación y ni siquiera buscando una cuando —

sin previo aviso — se encuentra caminando en una calle llena de gente o en un centro comercial, supermercado o aeropuerto, y tiene “la experiencia.” Alguien que no ha visto nunca pasa a su lado, en ese instante sus miradas se encuentran y —¡zas!— lo siente.

Quizá es simplemente un sentimiento de familiaridad o posibilidad, o un impulso abrumador de estar más cerca a esa persona, conocerla mejor, incluso iniciar una conversación. En mis talleres, he formulado muchas veces esta pregunta y he descubierto que si somos verdaderamente honestos con nosotros mismos, este tipo de conexión no es tan excepcional.

Cuando ocurre, el encuentro por lo general sucede de la forma siguiente: aunque las dos miradas se han encontrado y obviamente han sentido la “emoción,” uno de ellos hará caso omiso de lo sucedido. Sin embargo, por una breve fracción de segundo, algo innegable ocurre… hay un estado alterado y un sentido de irrealidad. En ese instante veloz, más allá de la mirada casual, sus ojos se han comunicado un mensaje. Cada persona le dirá algo a la otra en ese momento que probablemente ninguno se dé siquiera cuenta.

Enseguida, casi al unísono, sus mentes racionales crearán una distracción, algo para romper la ansiedad del contacto. Puede ser el sonido de un auto o de otra persona que pasa a su lado. Puede ser tan simple como una hoja volando del otro lado de la calle o un estornudo. ¡Puede ser hasta mirar de soslayo una goma de mascar en la acera! El punto es que usando cualquier cosa como excusa, una de las personas retirará su atención y el momento se terminará, ¡así no más!

Cuando uno tiene una experiencia de este tipo, ¿qué acaba de ocurrir?

- ENCONTRANDO EN OTRAS PERSONAS LO QUE HEMOS PERDIDO

Cuando nos encontramos en estas situaciones, nos enfrentamos ante oportunidad poderosa de conocernos de una manera muy especial, es decir, si reconocemos de lo que trata el momento. Si no lo hacemos, entonces, como descubrió mi amigo el ingeniero, este tipo de conexión puede volverse algo muy confuso ¡y hasta atemorizante! El secreto de dichos encuentros es la esencia del misterio del tercer espejo.

Para sobrevivir en nuestras vidas, todos hemos comprometido grandes partes de lo que somos. Cada vez que lo hacemos, perdemos algo por dentro de forma sociablemente aceptable, pero así y todo dolorosa. Asumir el papel de adultos y dejar ir la infancia tras una ruptura familiar; perder la identidad racial al fundirse las culturas y sobrevivir un trauma de nuestra juventud reprimiendo las emociones de dolor, ira y cólera son ejemplos de partes de nosotros mismos que perdemos.

¿Por qué haríamos algo así? ¿Por que traicionaríamos nuestras creencias, amor, confianza y compasión sabiendo que son la pura esencia de lo que somos? La respuesta es sencilla:

para sobrevivir. Cuando niños, es posible que hayamos descubierto que es más fácil permanecer en silencio que emitir una opinión bajo el riesgo de ser ridiculizados o invalidados por padres, hermanos, hermanas y compañeros. Igual al tema de abuso en una familia es mucho más seguro “transigir” y olvidar, en vez de oponerse a aquellos que tienen poder sobre nosotros. Como sociedad, aceptamos el asesinato de personas durante la guerra, por ejemplo, y lo justificamos como circunstancias especiales. Todos hemos sido condicionados a ceder ante el conflicto, las enfermedades y las emociones abrumadoras en formas que solamente ahora estamos comenzando a entender. En cada caso, tenemos la oportunidad de ver una poderosa posibilidad en vez de juzgar lo que es bueno y malo.

Por cada parte de nosotros que cedemos para llegar a ser lo que somos, queda una vacío esperando ser llenado. Estamos buscando constantemente lo que sea que pueda llenar ese vacío en particular. Cuando nos encontramos con aquel que tiene las mismas cosas que hemos entregado, se siente bien estar a su lado. La esencia complementaria de la persona llena nuestro vacío interior y nos hace sentir enteros de nuevo. Esta es la clave para comprender lo que le ocurría a mi amigo ingeniero y en los otros ejemplos previamente tratados.

Cuando encontramos en los demás nuestras piezas “faltantes”, nos sentimos poderosa e irresistiblemente atraídos hacia ellos. Incluso podemos pensar que los “necesitamos” en nuestras vidas, hasta que recordamos que nos sentimos tan atraídos hacia ellos por algo que todavía tenemos en nuestro interior… solamente que está dormido. En la conciencia de que seguimos poseyendo esas características y rasgos, podemos desenmascararlos y reincorporarlos a nuestras vidas. Y cuando lo hacemos, descubrimos de repente que ya no nos sentimos poderosa, magnética e inexplicablemente atraídos hacia la persona que nos reflejó esas características originalmente.

Reconocer nuestros sentimientos hacia los demás por lo que son, y no por lo que nuestro condicionamiento ha hecho de ellos, es la clave del tercer espejo de las relaciones. Esa emoción inexplicable que sentimos cuando estamos con alguien, ese magnetismo y ese fuego que nos hacen sentir tan vivos, ¡somos realmente nosotros! Es la esencia de esas partes nuestras que hemos perdido y nuestro reconocimiento de que las deseamos de nuevo en nuestras vidas. Con esto en mente, regresemos entonces a la historia de mi amigo ingeniero.

Ciertamente, hay muchas posibilidades de que, sin saberlo conscientemente, mi amigo veía en esas mujeres piezas de él que había perdido, entregado o le habían arrebatado durante su vida. Hay muchas probabilidades de que le hubiera ocurrido igual con los hombres, pero él no se permitía sentir lo mismo debido a su condicionamiento. En su experiencia, las cosas que había perdido eran tan predominantes que las encontraba en casi todas las perso- ñas que conocía.

No obstante, al no entender sus emociones, se sentía impulsado a seguirlas de la única forma que conocía. Él creía honestamente, que cada encuentro era una oportunidad de ser feliz porque se sentía bien cuando estaba con las mujeres. Aun así amaba muchísimo a su esposa y a su hijo; cuando le pregunté una vez si los dejaría, me miró estupefacto. No deseaba terminar su matrimonio, pero seguía el impulso que sentía hacia situaciones comprometedoras hasta que la pérdida de su familia se convirtiera en un peligro inminente.

- CÓMO DESCUBRIR LO QUE SUS SENTIMIENTOS DE ATRACCIÓN LE ESTÁN DICIENDO

Cada uno de nosotros ha entregado de forma maestra las partes de nosotros mismos que sentíamos era necesario entregar en el momento para nuestra supervivencia física o emocional. Al hacerlo, es fácil vernos como “menos que” y quedar atrapados en nuestras creencias sobre lo que queda. Para algunas personas, el canje ocurre sin darnos cuenta sin darnos cuenta de lo ocurrido; para otras personas, es una decisión consciente.

Una tarde, mientras trabajaba en la misma corporación de defensa con mi amigo ingeniero, una invitación inesperada llegó a mi escritorio. Era una presentación informal para la Casa Blanca y los oficiales militares del sistema de armamento recién desarrollado llamado:

Iniciativa Estratégica de Defensa (SDI por sus siglas en inglés), popularmente llamado “Guerra de las galaxias.” Durante la recepción, después del evento, tuve la oportunidad de escuchar una conversación entre uno de los oficiales militares de alto rango y un director general de nuestra compañía.

La pregunta que hizo el director estaba relacionada con el costo personal en el que el otro hombre había incurrido en su posición de poder. “¿Qué sacrificios ha tenido que hacer para llegar donde está hoy en día?” le preguntó. El oficial describió cómo había escalado los rangos militares y del Pentágono hasta una posición de autoridad en una enorme corporación multinacional. Yo escuchaba al hombre responder con un candor y una honestidad poco usuales.

“Para llegar donde estoy,” comenzó, “tuve que entregarme al sistema. Cada vez que avancé en el rango perdí una parte de mí mismo en mi vida. Un día me di cuenta que estaba en la cima y miré mi vida en retrospectiva. Lo que descubrí es que había dado tanto de mí que no quedaba nada. Las corporaciones y el ejército son mis dueños. Dejé ir las cosas que más amaba: mi esposa, mis hijos, mis amigos y mi salud. Cambié esas cosas por poder, riqueza y control.”

Quedé sorprendido ante su honestidad. A pesar de que este hombre había admitido que se había perdido en el proceso, estaba consciente de lo que había hecho. Estaba triste, pero para él era un precio que había valido la pena pagar por su posición de poder. Aunque probablemente, no por las mismas razones, cada uno de nosotros ha podido hacer cosas similares en el transcurso de su vida. Sin embargo, para muchos de nosotros, la meta es menos cuestión de poder y más de supervivencia.

Cuando se encuentre con alguien en su vida que active un sentimiento de familiaridad lo invito a que se sumerja en el momento. Algo raro y precioso está ocurriendo en ambos:

acaba de encontrar a alguien que guarda las piezas que usted está buscando: a menudo es una experiencia mutua, ¡y la otra persona se siente atraída hacia usted por la misma razón!

Usando su poder de discernimiento, si siente que es apropiado, inicie una conversación.

Comience por decir algo, cualquier cosa, para mantener el contacto visual. Mientras habla, hágase mentalmente esta sencilla pregunta: ¿Qué veo en esta persona que he perdido en mí, que he entregado o que me han quitado?

Casi de inmediato le llegará una respuesta a su mente. Puede ser tan simple como un sentimiento de comprensión, o tan claro como una voz en su interior que usted reconoce y que ha estado con usted desde su infancia. Las respuestas son a menudo palabras sencillas o frases cortas, y su cuerpo sabe lo que es significativo para usted. Quizá sencillamente perciba en esa persona una belleza que siente le hace falta en su interior en ese momento.

Puede ser la inocencia de esa persona en la vida, la gracia con la que camina por el pasillo del supermercado, o su confianza mientras realiza sus labores, o simplemente el brillo de su vitalidad.

Su encuentro sólo necesita durar unos segundos, quizá unos minutos máximo. Esos breves instantes son su oportunidad de sentir la alegría y la euforia del momento. Usted ha encontrado una parte suya en otra persona, algo que usted ya tiene, así como el sentimiento de que se despierte ese algo.

Para aquellos de nosotros que nos atrevemos a reconocer el sentido de familiaridad en dichos encuentros momentáneos, el espejo de la pérdida es probablemente algo con que nos encontramos cada día. Encontramos la plenitud en nuestros seres cuando los demás nos reflejan nuestra verdadera naturaleza. Colectivamente, estamos buscando nuestra lenitud, y como individuos creamos las situaciones que nos llevan a encontrarla. Desde los miembros del clero hasta los maestros, personas mayores y jóvenes, padres e hijos, todos somos catalizadores de sentimientos.

En esos sentimientos, encontramos las cosas que anhelamos para nosotros, las cosas que siguen con nosotros, pero que están escondidas tras las máscaras de lo que creemos que somos. Es natural y es humano.

Comprender lo que nuestros sentimientos hacia los demás nos están diciendo, en realidad, puede convertirse en una poderosa herramienta para descubrir nuestro mayor poder.

Extracto de La Matriz Divina.
Gregg Braden.

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MUJER SABIA

Una colaboración de Mr Mario Lopez Mora

Una felicitación a todas las madres que celebraron su fiesta este pasado domingo

2 domingo de Mayo países como Cuba, Ecuador; Peru, Puerto rico, EEUU, Alemania Brasil….

 

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